Humor con amor

ilustración david escobar Revista Comfama

Tendría 13 años. Con Ricardo y sus padres, en su casa o su finca, me sentía seguro. Ricky era un buen chico que luego se convertiría en un buen hombre. Además, como era amiguero y vivía en una urbanización, me abría un poco mi mundo de niño tímido. Ese fin de semana llegamos de visita a la finca de una gente que en mi vida había visto, asunto de alta tensión para mí. Cuando nos íbamos acercando en el carro, me puse a pensar en “ocurrencias” y chistes que veía en mis tíos Arango o en mi papá. Me sorprendía la habilidad de los adultos para improvisar respuestas, inventar “chascarrillos” y bromear. Esas técnicas parecían ser clave para la socialización en el mundo, así que yo, que apenas era capaz de decir “mucho gusto”, me armé con una pequeña munición para poder afrontar una tarde entera en la terra incógnita de una familia y unos niños desconocidos.

La tarde comenzó bien, llegamos, saludamos, los adultos se sentaron, los niños nos fuimos a jugar. Al principio, hablamos -hablaron ellos- de todo, de nada. De pronto, a alguien se le ocurrió jugar un “picaito”. El hijo del señor dueño de la finca, un pelado que me pareció triste cuando me dio la mano, dijo: “déjenme ver si tengo un balón”. Salió a los minutos con la mala noticia: “¡Está desinflado!”. Yo, que no había pronunciado una palabra en todo ese rato, no sé de qué lugar oscuro de mi subconsciente saqué una respuesta, que quería ser chistosa: “…Lo mismo que
tener la mamá, pero muerta”. Él se puso pálido, me miró y salió llorando… Me desorienté y en esas Ricky se me acercó y me dijo: “Deivid, qué pena, no te dije que a ellos se les murió la mamá la semana pasada.” Pasé una tarde pésima. Conseguimos un balón y los niños, incluido el recién huérfano, parecieron olvidar rápidamente el asunto. Menos yo, que me acuerdo tres décadas después, todavía con vergüenza y con dolor, por haber dicho una bobada tratando de ser gracioso. “Muy charrito”, diría mi mamá. Aunque dije algo sin mala intención y con toda la inocencia, generé un dolor a todas luces innecesario.

Obviamente, con los años no me convertí en un cómico de la televisión. Ahora, sin embargo, tengo amigos que admiro, hombres y mujeres inteligentes, de otras generaciones, de quienes he aprendido sus chistes. Eso tampoco ayuda mucho, porque sus cuentos vienen de otro siglo y los valores cambian con las épocas. Apenas estoy aprendiendo a no decir tonterías por quererme
hacer el chistoso. Por ejemplo, creo que a nadie en mis trabajos anteriores le gustaba mi vieja respuesta a la pregunta de que cuánta gente trabaja en su empresa: “Por ahí la mitad”, decía,
recordando a un viejo amigo. Obvio que no era cierto. Hería cuando, hablando de alguien que no era, digamos, el más rápido, me decían que era muy bueno para tal cosa y mi respuesta, siguiendo otro referente, era: “Si es tan bueno, por qué lo disimula…”. Me autocensuro cada que me doy cuenta porque he aprendido que el humor, sin consciencia ni respeto, destruye más de lo que construye. He sido dañino con mi humor, en la oficina y con mis amigos; y lo siento mucho.

Crecí en una casa donde mi papá era, en palabras de mi abuela, burletero, buen imitador y muy “triscón”. Leí desde muy chiquito El Testamento del Paisa, como si fuera una fuente de infinita sabiduría. Y, aunque aclaro que hoy lo leo y me gustan mucho las coplas y algunos cuentos, los chistes machistas, los regionalistas, y otras cosas las veo como reliquias de un museo. Si alguien
pusiera de nuevo, por ejemplo, uno de esos cassettes de chistes verdes que escuché en alguna tarde navideña de los años 80, me darían ganas de cambiar de plan. Hoy pienso que el humor con el que crecí, desde los “cuentos”, hasta los chistes y las famosas “ocurrencias”, la mayoría de esas cosas están mandadas a recoger. ¿Qué tal si evolucionamos el humor de nuestros ancestros? Ese que se burlaba de las mujeres, del diferente, del débil, del otro. Me siento incómodo con esa parte de mi cultura. A veces las viejas malas costumbres me ganan, cometo errores, y siento el mismo vacío en el estómago de ese día en la finca desconocida, en la que por ponerme de gracioso le agregué más tristeza a la tristeza, y me hice daño sin querer.

Sin embargo, confieso que cuando un buen amigo me describe como “enfermo de solemnidad”, me pone a pensar. La vida moderna, en particular la de los colombianos, nunca ha necesitado más del humor. Necesitamos de la risa liberadora. Se hace difícil superar los acontecimientos más complicados de nuestra existencia sin un poco de buen humor. Ante la muerte, bien viene una buena historia cómica de nuestro ser querido. Ante la política incomprensible y que desilusiona, nada mejor que la caricatura. Ante la ira, sirve mucho un comentario que relaje sin herir. Freud, en su libro de El chiste y su relación con el inconsciente, narra algunas historias muy buenas, que ya no se deben contar. Un señor estaba muy preocupado por la salud de su mujer, luego de muchos años de vida en común. El médico la visita, la examina y le dice: “no me gusta cómo la veo…”. El señor, liberando su estrés, responde: “¡A mí hace años no me gusta tampoco cómo la veo!”. Este es otro que tampoco se debe usar ya por muchas razones, cuenta de alguien, dice que tal persona es vanidosa… y el otro responde que sí, ¡que ese es “uno de sus cuatro talones de Aquiles!”. “El que lo entendió lo entendió” como dice un amigo. Estos cuentos ya no aplican porque los valores cambian, los estándares también. ¿Habrá otros, igual de chistosos, para nuestros tiempos?

Sin duda, en cualquier caso, la corrección política y la afortunada modernización de nuestros valores, donde respetamos ahora como nunca a las mujeres, la diversidad, a la gente de otras regiones y a las personas con discapacidades, no nos pueden quitar la fisiológica risa que nos conecta con los demás. El humor negro, tan fundamental para alivianar el dolor, es fundamental, pero es un territorio riesgoso, para expertos. Necesitamos el absurdo para soltar los amarres sociales y ser más creativos. Es clave sanar, gracias al buen humor. Sin las paradojas, dejamos de ser humanos.  También son fundamentales, ahora más que nunca, el desafío al poder del humor político y la posibilidad de reírnos de nuestra humilde y falible humanidad. El humor es uno de los rasgos más
peculiares y fascinantes de la especie humana y por eso lo hace aún más crucial. Por eso hacemos esta revista, para promover algunas reflexiones sobre qué y cómo nos hacemos reír.

Queremos hablar sobre la importancia de aprender a reír con la gente y no de la gente o contra ellos. Ojalá que aprendamos cada vez más a bromear inteligentemente, a jugar con las ideas, a usar los chistes para develar lo ignorado, al humor como fuente de alegría y no como una forma de violencia. Nuestra invitación, a familias y empresas, es a no tomarnos la vida tan en serio y, al mismo tiempo, a no dañar a los demás con nuestro humor. A usar el humor como liberador, a buscar su mejor expresión, a dejar atrás la idea de que uno tiene que romper el hielo con: “Estaban un paisa, un bogotano y un costeño…” ¿Será posible un humor colombiano, sin obscenidad facilista, sin cinismo, sin agresión y sin humillaciones? ¿Será posible hacer humor con amor, elevando nuestra
consciencia sobre el impacto de las palabras que pronunciamos? ¡Que comience la conversación!

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Tendría 13 años. Con Ricardo y sus padres, en su casa o su finca, me sentía seguro. Ricky era un buen chico que luego...
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