Había una vez…

ilustración juan diego mejía
(Así nos gustaba que empezaran los cuentos. Estas eran las palabras mágicas para abrir los ojos y soñar despiertos.)

Un universo

Había una vez unos astronautas que viajaron a la luna. Cuando pisaron el suelo lunar dijeron palabras que los noticieros repitieron durante mucho tiempo y luego quedaron en la memoria de la Humanidad. Pero puede ser más interesante lo que no dijeron, lo que pensaron y no pudieron expresar con palabras. Ver la Tierra desde el espacio debió ser un espectáculo conmovedor. Debió parecerles fascinante darse cuenta de que allá abajo estaban sus vidas cotidianas, sus esposas, sus hijos, sus amigos, y que su mundo era apenas un pequeño destello en la oscuridad del Universo.

Una región

Había una vez una región, llamada Antioquia, que se acostumbró a vivir encerrada en sí misma. La gente vivía tranquila y no se preocupaba por lo que pudiera pasar más allá de sus montañas. Por eso, durante mucho tiempo no se interesó por comunicarse con el mundo y pensó que la minería y el comercio serían suficientes por los siglos de los siglos. La gente que venía a visitarnos se daba cuenta de esta extraña forma de pensar. En la primera mitad del siglo XIX, el jefe de la Comisión Corográfica, Agustín Codazzi, escribió una carta al gobernador de la Provincia de Medellín en la que nos regañaba por el abandono de las carreteras y el estado de aislamiento del resto del mundo en que estábamos. Tuvieron que pasar muchos años para que empezara la construcción del ferrocarril de Antioquia como una alternativa para llegar a Puerto Berrío y, de ahí, al mar. A pesar de que los tiempos han cambiado y ya la gente de Antioquia viaja por todo el mundo, todavía no alcanzamos a valorar la gran diversidad cultural del planeta.

 

Unos hombres descalzos

Había una vez, dicen que hace 60.000 años, cuando el resto del planeta todavía no estaba poblado, una tribu que habitaba un desierto en África. Algunos miembros de esa comunidad decidieron salir en busca de mejores condiciones para su subsistencia y, desde entonces, esos hombres y mujeres se multiplicaron y llegaron a todos los rincones de la Tierra. Pasaron 2.500 generaciones desde cuando dieron los primeros pasos fuera de su territorio, y hoy no existe un solo lugar desconocido para los seres humanos. Esta historia nos dice que todos venimos de la misma tribu y que de alguna manera somos la suma de todos esos hombres y mujeres que se esparcieron por mundo.

Si pudiéramos viajar, igual que los hombres de la Apolo 11, por el espacio donde habitan las diferentes culturas, sentiríamos algo similar a lo que debieron sentir los astronautas ese veinte de julio de 1969. Pensaríamos que nuestra cultura es solo una entre miles y que todas son el resultado de las experiencias vitales que tuvieron esos primeros nómadas de hace decenas de miles de años.

 

Un antropólogo

Había una vez un antropólogo canadiense llamado Wade Davis[1] que conocía muy bien nuestros ríos y nuestros territorios indígenas. Estudió la historia y la vida del río Amazonas y luego escribió un hermoso libro basado en los apuntes de otro antropólogo que vivió durante muchos años entre los nativos de la selva. Las investigaciones de Wade Davis les cambiaron la vida a muchas personas que entendieron la importancia de ese paraíso misterioso donde la vegetación crece con una fuerza insospechada, donde las hojas que caen de los árboles forman un poderoso colchón protector de la vida en el entorno, donde en las noches se escuchan los sonidos de las serpientes moviéndose a ras de la tierra, donde la bulla de los micos, el canto de los pájaros y el rugido de las fieras componen una sinfonía que se oye desde las embarcaciones que recorren los ríos.

Luego vimos una película inspirada en el libro de Wade Davis y fue la oportunidad para que los colombianos y, por supuesto los antioqueños, habláramos del Amazonas. Me refiero a “El abrazo de la serpiente”, un largometraje del director colombiano Ciro Guerra en el que nos muestra una cara desconocida de nuestra cultura, y nos lleva a vivir la cosmogonía de las comunidades amazónicas. El título de la película es una mención a la mitología de la selva que habla del río como una gran Anaconda. Tal vez muchos de los que vieron la película se sintieron orgullosos del paisaje y de la biodiversidad de ese territorio selvático. Pero con seguridad todos estaríamos más orgullosos si supiéramos que, igual que esa riqueza natural, hay una riqueza cultural en la región.

 

Una cultura entre miles

El Amazonas, la película de Ciro Guerra, los libros de Wade Davis nos advierten sobre la necesidad de reconocer, respetar y promover la cultura que habita las selvas del sur de Colombia. Allá viven pueblos sobrevivientes de genocidios que son una vergüenza para la Humanidad. “La Vorágine”, la novela colombiana que en una época fue lectura obligatoria en los colegios, cuenta cómo los empresarios del caucho explotaron y casi exterminaron a los uitotos y otras tribus que les servían como mano de obra. Cuentan que a los indígenas que no cumplían con las cuotas de extracción de caucho de los grandes árboles los encerraban, y a muchos los mataron a martillazos en el cráneo. Los uitotos resistieron y no permitieron que se olvidara su tragedia. Durante años han cantado su historia, y a través de sus cantos, que se unieron a los sonidos de la selva, han conservado su visión del mundo, sus sueños, sus creencias, su lengua, en síntesis, su cultura.

 

7.000 respuestas a una misma pregunta

Wade Davis, en otro de sus libros “Los guardianes de la sabiduría ancestral”, dice que en el mundo actual hay 7.000 culturas diferentes. Una de ellas es la cultura uitoto que sigue viva en el Amazonas. Cada una de estas culturas es única y todas responden de diferentes maneras a la pregunta: ¿Qué significa ser humano y estar vivo? Cada respuesta obedece a una historia que empezó miles de años atrás cuando los descalzos africanos decidieron aventurarse más allá de sus hogares. Los niños de todas las culturas del mundo crecen oyendo los sonidos de una lengua, las plegarias de una religión, aprenden a vestirse y a decorar sus cuerpos como lo hacen los mayores, poco a poco toman parte en los rituales que les dan serenidad y fortaleza para la vida, escuchan con los ojos muy abiertos los mitos y leyendas que les cuentan sus padres y abuelos, y así se van convirtiendo en parte de una memoria colectiva que luego van a transmitirles a sus hijos y estos a sus hijos por el resto de los siglos.

 

La cultura es el territorio

Para conocer una cultura es necesario conocer el territorio en el que se ha desarrollado. El Vaupés, por ejemplo, es el lugar de los grandes ríos. Para los indígenas de la zona, los ríos no solo son las vías de comunicación, sino que son el nexo entre los vivos y los muertos. Por eso construyen las malocas sobre las tumbas en las que han enterrado a los muertos en ataúdes hechos con pedazos de canoas. El inframundo se mueve bajo sus pies mientras ellos continúan con sus vidas cotidianas.

 

Tendernos boca arriba en una noche estrellada

Este cuento no podría terminar sin regresar a nuestro entorno. Es cierto que en Antioquia tenemos la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y olvidamos que el Universo es inmenso. Es cierto que ese aislamiento nos ha llevado a ignorar la riqueza cultural que tenemos en nuestro territorio. Es el momento entonces de tendernos en el piso boca arriba en una noche estrellada y sentir, como soñó Mahatma Gandhi, que a “nuestra casa van a llegar los vientos de todas las culturas del mundo, pero ninguna acabará con la nuestra.”

 

[1] Davis, Wade. Antropólogo nacido en Canadá en 1953. Autor de varios libros entre los cuales están “El río”, Fondo de Cultura Económica (México), y “Guardianes de la sabiduría ancestral”, Editorial Sílaba (Medellín).

3 Comments

  • Muchas gracias por este bello escrito, me gusto bastante el tema y la forma en que se plantea y como se integra y su desenlace.

    Saludos,

  • Qué bien que podamos tener el medio de enterarnos de la cultura , del arte y de la literatura por medios que sin proponernos y explorando otros campos llegamos a ellos, gracias por publicar estas maravillas que nos hacen recordar que todavía la cultura nos une.

  • ME ENCANTO EL CAMBIO QUE TUVO EL INFORMADOR PARA LLEVARNOS POR LA LECTURA , ADEMAS VOLVER A LOS CLASICOS DE LA LIETRATURA ME PARECE DELICIOSO PORQUE YA SE ME HABIAN OLVIDADO

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(Así nos gustaba que empezaran los cuentos. Estas eran las palabras mágicas para abrir los ojos y soñar despiertos.)
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