Elegí tomar el control de mi vida

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Cuestionar a los que más quieres, tomar el control absoluto de tus emociones, de tu economía y del espacio, reconocer que en el camino puedes equivocarte y descubrir que la libertad también implica reflexionar sobre el amor, así es dejar la casa de tus papás.

La carne más grande para mi papá y comentarios de mi abuela como “aprende a hacer las cosas del hogar para que consigas marido” hicieron que me diera cuenta de que algo en mi casa andaba mal.

Al principio, me resultaba normal que a mi papá le sirvieran el muslo más carnudo porque yo tenía 8 años y él 43, entonces comía más que yo. Sin embargo, 7 años después me cuestioné por qué su plato tenía que ser mejor y por qué lo que él decía era como palabra de Dios: indiscutible y un mandamiento imposible de desobedecer.

En ese momento de mi vida, durante la pubertad, por más respuestas que me quise dar, fue difícil, pues en las familias costeñas, en especial en la mía, los papás son como el Sol: todo gira alrededor de él. En mi casa se dependía profundamente de él, de eso fui consciente cuando descubrí que nadie lo tuteaba y que ni mi abuela, ni mis tíos (mayores que él) ni mis primos, ni mis hermanos ni yo, éramos capaces de tomar una decisión importante sin su aprobación.

A partir de esa revelación empecé a investigar y descubrí que esa dependencia arrancó cuando mi abuelo falleció, pues mi papá, a pesar de ser un niño y el penúltimo de ocho hijos, mostró liderazgo y fue el primero en preocuparse por escalar profesionalmente. Me enorgullece decirlo: ¡mi papá es un teso!

La hija no tan perfecta

A los 28 años mi papá cumplió el propósito divino de la sexualidad: procreó a tres hijos y a una hija. Así es, soy la única mujer, pero no soy ni la mimada ni la privilegiada. Soy “la subversiva” porque para mí la rebeldía no es grosería, es ser valiente y atreverse a decir: “no estoy de acuerdo”.

Todo el mundo pensaba que yo iba a destronar a mi abuela, la mujer que mi papá más ama, pero nunca estuve cerca de hacerlo, pues decirle “no estoy de acuerdo” nos separaba.

Esa oración la he usado múltiples veces en mi vida, como cuando me dijo que no me pintara las uñas hasta los 15 años, que no tuviera novio hasta ser mayor de edad, que no estudiara Comunicación social, que me quedara en Cartagena y que no me fuera a Medellín a estudiar con la beca que me había ganado.

Mi nueva casa

“Entonces no me dé nada”, le respondí cuando me dijo que si quería que me siguiera mandando dinero, debía enviarle copia de los movimientos de mi cuenta de ahorros. Yo estaba ofuscada y pensaba en cientos de cosas: me seguía controlando a pesar de la distancia.

Apenas le envié ese mensaje sentí paz. A pesar de que yo sabía que se me iba a venir el mundo encima porque ¿cómo hace uno cuando es foráneo, depende de un subsidio incierto del Estado y está sin el apoyo del papá?… es una situación muy dura. En ese momento mi novio, que también respeta mucho a mi papá, me abrazó y yo lloré la cantidad de lágrimas necesarias para reponer el agua que se está acabando en el mundo.

Me fui de la casa a los 16 años y continué diciéndole a mi papá, a los 20, que no quería más su dinero a cambio de libertad. Puede parece una locura, pero así empecé a tener el control de mi vida”. María Dilia Reyes.

Esa decisión la denominé emancipación y esa fue la palabra que más rondó en mi cabeza el día que cumplí 20 años, dos semanas después de esa fuerte ruptura.

Avancé. Me mudé del lugar en el que estaba viviendo (que era una pensión donde él había dejado pagos dos meses) y dije: “voy a vivir sola”. Él no sabía nada. Me fui a un apartaestudio que era perfecto para mi presupuesto. Compré una cama de segunda en la plaza Minorista, unos platos y vasos en un “Todo a $5.000” y una nevera pequeña en una compraventa. Esos días los recuerdo con mucho cariño porque fueron el inicio de una nueva etapa de mi vida.

Siempre que tengo el ánimo bajo me doy espacio para el duelo, pero luego revivo. Esa vez para surgir de las cenizas me pregunté cómo iba a reponer ese dinero que mi papá me enviaba. Entonces le escribí a una profesora y me dio un trabajo temporal siendo auxiliar de investigación, hasta me inscribí en aplicaciones que contratan a empleadas domésticas, pues yo siempre he dicho: “¿Pena?, robar”. Mis amigos, que en este proceso fueron claves, dicen que soy “amarrada” y en esa adaptación lo fui mucho más. A pesar de la tormenta me hacía muy feliz saber que no tenía que rendir cuentas a nadie, excepto a mí misma. Aprendí a conocerme mejor.

Luego de dos meses sin hablar con mi papá, llegó de sorpresa a Medellín, me vino a visitar. Ese fin de semana hablamos y, principalmente, nos escuchamos. Además, tuve una epifanía: en mi casa nada andaba mal, pues cuando uno baja a los papás del pedestal y los deja de ver como si fueran Dios, los aprende a amar mejor, no se trata de amarlos menos o más, sino de amarlos como ellos son: seres humanos susceptibles de equivocarse.

“A pesar de la tormenta me hacía muy feliz saber que no tenía que rendir cuentas a nadie, excepto a mí misma. Aprendí a conocerme mejor”, María Dilia Reyes.

(Lee también: Salir del clóset: el gran paso a la libertad)

Soy María Dilia Reyes, estudiante de Comunicación social y apasionada por el periodismo, tengo 20 años. Me encanta leer, escribir y ver películas y series. Mi deseo para la sociedad: que amemos más a Colombia y lo demostremos escogiendo buenos políticos y no botando basura a la calle.

 

Regresa: Desafío joven 

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Cuestionar a los que más quieres, tomar el control absoluto de tus emociones, de tu economía y del espacio, reconocer que en el camino puedes equivocarte y descubrir que la libertad también implica reflexionar sobre el amor, así es dejar la casa de tus papás.
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