El valor del trabajo

ilustración david escobar Revista Comfama

“No son las riquezas ni el esplendor, sino la tranquilidad y el trabajo, los que proporcionan la felicidad”.

Thomas Jefferson

Estaba sentado en la sala del pequeño apartamento que tenía alquilado, con unos pocos muebles a mi alrededor que, arrumados en desorden, amenazaban con venírseme encima. Había libros en todas partes y no dejaban ni caminar. Era la mañana de uno de esos días oscuros y lluviosos de Medellín que empeoran la tristeza y se tragan hasta las alegrías. Había dormido largo y estaba embotado, como con guayabo, aún sin haberme tomado un trago. Creo que casi que me había desmayado al llegar a la cama, por tanta tensión acumulada. Al frente mío tenía un cuaderno con unas cuentas de mis finanzas personales y al final una nota, resaltada dentro de un recuadro: “tengo seis meses”.

El día anterior había sido terrible. Casi no logro decidir mi renuncia y el cómo hacerlo. Le tenía aprecio a mi jefe y amaba el lugar en el que trabajaba, pero tenía tantos desacuerdos con los planes y proyectos en ciernes y desavenencias con mis principales compañeros de equipo que la decisión parecía obvia. Cuando hablé con él, sentí que su alivio era casi igual al mío, aunque intentó convencerme: – Se trata de su carrera, su pasión, su futuro, dijo. ¿Qué va a decir?, preguntó, además, preocupado. – ¡Nada!, silencio y respeto, le respondí. Hay cosas que valen más que estos desacuerdos, pero debe saber que hace rato decidí que solo permanezco donde hay alineación en principios y valores. Si no puedo perseguir mis causas, ¿para qué trabajo?, traté de tranquilizarme. Puede que me esté equivocando, reconocí, pero no doy más.

Mi hermano fue de los primeros en llamarme, estaba comenzando con su emprendimiento, pero, generosamente, me dijo de una: “acá sacamos de dónde sea para pagarte alguna cosa, contás conmigo”. Alguien me dijo después que yo había renunciado cuando ya hacía rato me habían despedido. El caso es que había quedado en el aire, no solo por lo económico, sino por lo más vital que tiene un ser humano: me había desconectado de mi propósito, me sentía solo y perdido. Me salvaron la visualización del futuro con un mapa mental y la decisión de hacer trabajo voluntario en los temas que me apasionaban. Sin ingresos, me propuse aportar, al menos, el 30% de mi tiempo a la educación, la cultura y el emprendimiento. El impulso final me lo dio mi amigo Juan Diego, el primero que respondió uno de los casi 30 correos enviados contando lo mejor que pude mis intenciones de emprender el camino de la consultoría. Estaré agradecido con él toda la vida, porque con unas pocas palabras simples, “nos interesa, conversemos”, sembró esperanza en mí. A las pocas semanas, cuando cerramos un acuerdo para mi primer proyecto, volví a mi cuaderno y anoté: “nueve meses”. Paso a paso, con mucho esfuerzo y algo de ayuda, comenzaría a recuperar mi camino profesional, personal y laboral.

La pandemia de la COVID-19 ha desnudado nuestras desigualdades. Aunque nos ha afectado a todos, su impacto socioeconómico ha sido devastador para los más frágiles. El desempleo, que siempre debemos mirar como mucho más que una cifra, contiene millones de historias de sufrimiento, de miedo, de hambre, de sueños aplazados. La mayor parte de las personas que pierden su empleo ganan un salario mínimo. Sin mencionar a los cientos de miles que estaban en la economía informal, más flexible, más resiliente, pero mucho más precaria.

Lo único que nos puede sacar, paulatinamente, de este gran desastre social, minimizando el sufrimiento, es, por supuesto, el amor. El amor organizado, enfocado, intencionado. Primero, necesitamos más compasión y solidaridad. Como esa llamada de mi hermano Santiago, cientos de miles están esperando a que alguien los llame y les mitigue el miedo, aunque sea en parte. Las instituciones podemos hacer algo, desde luego, y lo estamos haciendo, empezando desde Comfama misma, pero eso no reemplaza la solidaridad ciudadana, la comunidad ni la familia. Segundo, sin dudarlo, ese amor debe tomar la forma del compromiso colectivo con las empresas y demás empleadores que luchan, para que resistan, para que se reactiven, para que puedan crecer y dar frutos de nuevo, retornar los trabajos perdidos y crear riqueza para todos. Es tarea de todos cuidarnos, para que la vida educativa, social y económica pueda regresar.

Por eso hemos hecho esta Revista, porque en Comfama pensamos que el empleo y, de una manera más general el trabajo digno y decente, es, tal vez, el programa social más importante en una sociedad. Queremos hacer una sencilla pero cariñosa oda al trabajo que genera progreso y dignidad al reafirmar nuestro infinito potencial. La conexión entre la economía y el bienestar de todos está en la labor que hacemos millones de personas diariamente, en empresas, colegios, entidades culturales, comercios y trabajos independientes, para crear el universo que nos rodea. En esta publicación celebramos a las empresas y a los emprendedores que resisten y cuidan, a las personas, trabajadores y familias, que nos recuerdan la importancia del esfuerzo, la resiliencia, la búsqueda incesante de caminos.

Invitamos a empleadores de todos los tamaños a que hagan lo posible, y ojalá lo que creían imposible, para cuidar a su gente. Cada empleo perdido es un sueño que se trunca. Proponemos a las familias que mantienen sus ingresos que recuerden que la solidaridad es contagiosa, cuiden a sus cercanos, familiares, proveedores de siempre, a los emprendedores del barrio.

A quienes hoy no tienen ingresos económicos, queremos decirles que compartimos su dolor, sentimos lo que sienten, trabajamos cada día para mitigar el sufrimiento y recuperar el empleo. Les pedimos, aunque sabemos que no es fácil, que no pierdan la esperanza, que sepan que no están solos. Que no dejen de buscar ayuda y empleo, que emprendan, que acudan a las comunidades y familias, que exijan siempre más al Estado y a las instituciones, y también que se hagan cargo y no dejen de luchar. Como sea, estaremos ahí para ayudar, este es el año para servir, pero su compromiso y perseverancia son fundamentales.

A los trabajadores de toda naturaleza y forma legal, les recordamos que la responsabilidad de cuidar y recuperar el trabajo no es solo de las autoridades políticas o de las instituciones sanitarias. Tampoco depende únicamente de los administradores y dueños de las empresas. Es crucial que todos trabajemos en cultura ciudadana y cambiemos nuestros hábitos, entendamos que nuestra cultura expansiva y latina deberá expresarse a través de los tapabocas, debemos guardar la distancia en el Metro, aunque implique llegar un poco tarde, tendremos que aplazar un tiempo los abrazos y los apretones de mano, dejar atrás el ego y reconocer cuando tengamos algún síntoma, lavarnos las manos como si en ello nos jugáramos la vida, porque así es. Adaptarnos para sobrevivir y florecer: nadie hará esto por nosotros.

La pandemia nos ha recordado que las empresas y el trabajo mueven el mundo. Podrán mejorar, desde luego, y no es mal momento para que nos preguntemos hacia dónde lo mueven y aprovechar para ajustar el rumbo, pero, dejemos esto claro: sin trabajo la vida sería mucho menos colorida, algo más triste y bastante más solitaria. Nunca ha sido tan importante recordar, como escribió magistralmente Khalil Gibrán en El Profeta, que “el trabajo es amor hecho visible”. Cuidar el amor que vive dentro de cada oficio y que emerge cada que se crea una empresa es, quizá, nuestra misión más urgente, nuestro mayor desafío.

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“No son las riquezas ni el esplendor, sino la tranquilidad y el trabajo, los que proporcionan la felicidad”. Thomas Jefferson Estaba sentado en la...
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