El teatro como celebración

En un festival de teatro el tiempo y el espacio se alteran. La vida se vuelve una fiesta porque el arte congrega.

 

Carlos Mario Pineda es psicólogo y maestro de cine. Un día caminaba por las calles de Toledo en España con un amigo, quien decidió parar y lanzar una roca a las aguas de un lago, la piedra rebotó varias veces y dejó a su paso una onda circular que se expandía.

Se quedó pensando en esa imagen de ondas que crecían y la comparó con el momento en el que una persona comienza a apasionarse por vivir ciertas experiencias. En su caso, el punto de partida de su relación cercana con las artes escénicas fue cuando descubrió el universo del teatro al iniciar sus estudios en la Universidad de Antioquia, en el año 1982.

Su relación con el teatro se convirtió entonces en una celebración constante del hecho irrefutable de estar vivo, con todos los matices que ello implica. Desde ese momento, en el que lo cautivó una obra que vio en el Teatro Universitario Camilo Torres, es un espectador, uno recurrente.

Por varias décadas ha sido visitante asiduo del Matacandelas, el Teatro Popular de Medellín, el Teatro La Fanfarria, Elemental Teatro y, más recientemente, del Teatro Comfama. Sus amigos, su familia elegida, viene de ahí. Incluso, siendo aún estudiante, decidió habitar ese mismo espacio geográfico tan del teatro: el centro de Medellín.

Por eso, cuando se presentan los festivales de teatro para él la experiencia se eleva exponencialmente, se convierte en una fiesta. Ocurre una alteración del orden, del tiempo y del espacio a causa de esa posibilidad única de pasar de una obra a otra en minutos, de poderse sumergir dos o cuatro veces en el día en otras historias y vivir experiencias diversas.

«Vivir un festival es como hacer comunión, es como aislarse en un lugar sagrado como hacen las comunidades ancestrales, celebrar un rito y que se involucre a toda la comunidad pues debemos entrar en un estado uniforme de consciencia y aproximación. Para mí, un festival es eso, pues le aporta a la vida mucha más vida», dice Carlos Mario.

Cuando asiste a festivales, usualmente con un grupo de amigos que comparten su afición, el tiempo se detiene y de pronto se acelera, es extraño, confiesa. Puede comparar propuestas poéticas y estéticas de dramaturgias de grupos teatrales de varios países, evidenciar trabajos de actuación, descubrir esos públicos que se enganchan con la historia. La mezcla de sensaciones que pasan por el cuerpo compite en el interior. Luego, la tertulia y el ágape se extienden. Un festival puede durar un par de días y el retorno de esa onda continuará jugando con la ilusión del tiempo, pues seguirá rememorando las obras que pudieron apreciar.

En las calles, por lo menos las de La Candelaria, que es donde suelen ocurrir estos eventos en Medellín, la gente pasa de una sala a otra expectante. Grupos de personas agitan las noches del centro de la ciudad, los restaurantes prenden sus fogones hasta la madrugada, las aceras se vuelven punto de encuentro. El arte escénico es una fiesta, congrega.

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En un festival de teatro el tiempo y el espacio se alteran. La vida se vuelve una fiesta porque el arte congrega.   Carlos...
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