El hábito no hace al monje

El hábito no hace al monje

Cambiar un hábito y transformar un estilo de vida son conceptos diferentes

 

Por: Carlos Rojas
Consultor

«Crecer es dejar de ser uno», era una frase más de las enigmáticas máximas que pronunciaba mi abuelo. Yo le replicaba, ¿pero no se trata de mantener una esencia, una identidad a lo largo del tiempo? Él, con su sabiduría primigenia me respondía, «sí, puede que haya una esencia, pero también se trata de irnos depurando, quitándonos máscaras, transformándonos en mejores personas y para eso, necesitamos cambiar». Todavía hoy esa conversación es un faro en mi camino, que genera la reflexión sobre la transformación más profunda.

Cuando pensamos en la transformación de nuestros estilos de vida, estamos yendo más allá del cambio de un hábito. El ejemplo más claro lo podemos tener en relación con la alimentación. Puedo cambiar mis hábitos, tratar de comer más saludable, privarme de ciertos alimentos perjudiciales e incluso buscar productos orgánicos, y esos logros no son menores. Otra situación muy distinta es implicarme en el cultivo de mis alimentos, meterle la mano a la tierra, aprender de sus ciclos y transformaciones, abordar con consciencia la pregunta de quién produce y de dónde vienen los alimentos, renunciar a productos que vengan empacados en plástico, que sean procesados con agrotóxicos y que tengan que cruzar océanos en aviones y barcos, dejando tras de sí una alta estela de huella de carbono; buscar, con convicción, productos locales en mercados campesinos.

En el primer caso, el cambio de un hábito, se aborda un efecto pero no sus causas, cambié de una manera significativa para mí pero en términos ecológicos, es un cambio de consciencia superficial que no va más allá de «querer comer saludable», sin importarme la historia, los relatos y las consecuencias de los alimentos que me llegan a la mesa. El supermercado es una solución fácil y los alimentos picados y envasados con recipientes contaminantes también lo son. La consciencia riñe con lo fácil. En el segundo caso hay una comprensión profunda, que transforma los efectos porque hay consciencia de las causas; hay una indagación trascendente acerca de las implicaciones de mis hábitos de alimentación, y una búsqueda de la coherencia que me lleva a «hacerme  cargo» de mis acciones y sus consecuencias, transformando mi estilo de vida, en el que ya no se trata de comer saludablemente sino con consciencia. Así, la relación con los alimentos cambia. El tomate deja de estar en el supermercado o en la verdulería y está en mi hogar, en mi huerta, lo veo crecer, tengo una relación con él, lo cuido, lo disfruto al final. No sólo me sabrá distinto, sino que hará parte de mi vida.

Dice la ciencia

Para cambiar un hábito es más efectivo enfocarse no en lo que se quiere lograr, sino en la persona en la que uno se quiere convertir.

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