“El día en que conocimos el mar”

foto de la familia muñoz Revista Comfama
La familia Muñoz ya planea otro viaje. Conocer el Amazonas.
Viajar en familia es compartir recuerdos.

“¿Volar? Varios de nosotros nunca se habían subido antes a un avión. Dijimos que la íbamos a hacer completa: con aplausos y todo cuando fuéramos a aterrizar. El avión no se movió mucho en el aire ni nada, pero es que eso siempre es muy bravo ¿se imagina? Ahí iba, prácticamente, toda la familia. Éramos trece. Primos, tíos, mis papás, mi esposa, mi hijo. Donde pase algo ahí se acaba el apellido”…

Lo dice riéndose, es Julián, nunca deja de reírse. Lo hace mientras cuenta el día en que conoció el mar. Ha pasado un año de aquel viaje y todavía vuelve la mirada sobre esas fotografías que se sabe de memoria. Y son decenas. Su foto de perfil en Facebook tuvo mar de fondo durante meses.

La distancia que te separa del mar cuando vives en las montañas a menudo puede ser la misma distancia que hay entre nuestros sueños y la realidad. Para recorrer ese trecho conviene tener convicción y empeño. Así se logran las metas.

“Viajar en familia es compartir recuerdos” dice Mauricio, el papá de Julián, el abuelo de Juan. Y cuando pronuncia esta frase está hablando de la semana que vivieron en San Andrés. Esa isla nuestra que es soberana y lejana, porción de paraíso idealizado para millones de colombianos.

Viajar no es solo un verbo que se pronuncia y se va, viajar es la vida misma abriéndose lugar. Y para los Muñoz lo más importante es la familia, todos lo dicen con distintas palabras. Por eso este viaje tenía un motivo para cada uno, y eso le daba sentido a todo. A todos. Dos primos festejaron el fin de sus estudios, un tío celebró la jubilación, la tía que cumplió sesenta años, otros dos tenían su luna de miel después de siete años de casados, y estos que iban a ver el mar por primera vez para que el mar los conociera a ellos también.

Aplaudieron, por supuesto, cuando el avión tocó tierra. Y se pusieron en camino maleta en mano al hotel Calipso cuando en un cruce de esquinas, de pronto, la calle ya no era calle sino mar. La emoción de Julián es difícil de explicar. No fue hacia el hotel, corrió en dirección contraria, maleta en mano hacia el mar. Lo mismo su hijo Juan y su esposa y los tres, tocaron con las manos el agua y jugaron en la arena. Los tres por un instante, tuvieron la misma edad del niño.

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Viajar en familia es compartir recuerdos.
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