Don Alfonso, la cita de cada domingo

En este abrazo está su tranquilidad. Y la paz. Porque paz es calidad de vida, dice.
Hay días en que escuchar tu nombre en la voz de un desconocido que te saluda, como si fuera un amigo de toda la vida, es todo lo que necesitas para ser feliz.

Jesús Alfonso Vásquez Álvarez nació en 1932. Nadie podría atestiguar a esta altura de los hechos si hacía frío en la madrugada de aquel 21 de julio en San Andrés de Cuerquia, pero algo de esa temperatura está en el temperamento de don Alfonso. Su vida de hoy tiene el misterio que guardan las vidas de los jubilados. Secretos y recuerdos pueblan sus días.

Cuando don Alfonso dice Coltejer su cara entera dice orgullo. Allí fue operario en largas jornadas que, de tanto en tanto, le permitían rotar por distintas máquinas que fueron responsables de las telas con que se vistieron generaciones de colombianos cada día. Los suyos fueron 36 años en la empresa.

Don Alfonso tiene un rito personal, particular, una costumbre sagrada para él: cada domingo desde hace treinta y un años visita el parque de Comfama en La Estrella. Entra allí porque sale más joven después de ir, dice.

Los pies en la tierra. Alfonso siente y vive la naturaleza cada domingo.

Como un hombre que se siente en casa. Como un peregrino que visita un templo. Como un hombre que siempre vuelve porque encontró un hogar.

La vida de Alfonso es la vida de un hombre mirando al sur. Su casa queda cerca al parque de Sabaneta y el parque de Comfama que visita está en La Estrella. 18 kilómetros al sur de Medellín.

El amanecer en este parque es frío y ofrece neblina casi cada día del año. Las montañas que son paisaje y marco para el Valle de Aburrá son el telón de fondo de este lugar donde la ciudad es verde otra vez y se respira un aire liviano y limpio. Todo este entorno cabe en una palabra: calma. Es fácil entender por qué Alfonso tiene una cita consigo mismo cada domingo aquí.

Cada domingo, durante 30 años, Alfonso ha visitado el Parque recreativo La Estrella.

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El Parque acaba de abrir sus puertas y, después de los empleados, uno de los primeros en llegar es Alfonso. Abren a las nueve de la mañana y a esa hora él ya está en camino. Trae un morral como de estudiante. Adentro carga lo necesario para que su domingo sea como le gusta que sea: pantaloneta para entrar al sauna, algunas frutas, confites que no son para él, un cuaderno, un radio, una toalla que luego se convertirá en almohada, algo más de comida. Lo básico para un día feliz de Alfonso.

Es fácil encontrarse con él los domingos si vas al parque de Comfama en La Estrella. Hay unas casetas en las que familias y amigos se reúnen a pasar días de campo, en la número nueve suele estar Alfonso como si la hubiera dejado reservada.

Ya comió mandarinas luego del sauna. Ya saludó a cada persona con la que se ha encontrado. Ya ha escuchado su nombre repetido en veinte voces distintas que se alegran de volverlo a ver cada semana. Ya se ha sentado en su caseta. Del morral ha sacado el radio que le habla al oído sintonizado en a.m. Pasa por tres programas con los que recibe el medio día dominical y el comienzo de tarde.

Que alguien te llame por tu nombre. Alfonso lo agradece siempre antes de irse.

Terminando el último programa de radio toma apuntes sobre lo que escuchó, para no olvidar qué aprendió algo hoy. En casa tiene más de veinte cuadernos con estos apuntes. Luego de esto vendrá una siesta y un rato más de caminar entre esta naturaleza que siente suya.

Antes de que caiga la tarde y sea hora del cierre Alfonso calza de nuevo los zapatos que había guardado recién llegó esta mañana. Sus pasos lo llevan de vuelta por los senderos y cada lugar que visitó al entrar y entrega un confite y un abrazo a cada persona uniformada del Parque con que se cruza, su agradecimiento es dulce y es promesa del regreso.

Al irse, entre sonrisas y hasta luegos, con la tarde que se acaba dice: “la felicidad no es el dinero, es la paz. Y yo en Comfama encuentro paz”.

Se va. Y sabe que tiene una cita. El próximo domingo vendrá al parque a cumplirla.

 

Texto: Juan Mosquera Restrepo.
Fotos: Federico Ríos Escobar.

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Hay días en que escuchar tu nombre en la voz de un desconocido que te saluda, como si fuera un amigo de toda la vida, es todo lo que necesitas para ser feliz.
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