Despertar sin dioses

Despertar sin dioses

Por: Andrés Roldán
Director del Parque Explora

Las religiones y las corrientes espirituales han ofrecido al mismo tiempo un relato y un sistema de prácticas para reducir la incertidumbre. Y han servido para entender y enfrentar el sufrimiento al que estamos expuestos en la enfermedad, la escasez, la vejez y las crisis emocionales, económicas o de diversa índole, tanto personales como colectivas.

Crecí en un contexto católico y, en una exploración adolescente y ardorosa por encontrar respuestas, recorrí un camino espiritual con altas dosis esotéricas. Fue la mejor forma de aproximarme y descubrir, además, semejanzas simbólicas y prácticas entre diferentes tradiciones. Viví un proceso empírico de búsqueda de sentido. Cambié mi dieta, aprendí a ejercitar mi cuerpo, me llamé  diferente, medité, oré, callé, ayuné, aprendí a sanarme de dolencias menores de manera natural, creí, prediqué lo que aprendí para expandir mi experiencia y modifiqué la mayoría de mis actividades cotidianas. Por temporadas logré ser más consciente de mis pensamientos, emociones y acciones. Aprendí a canalizar mi potencial, considerando mis debilidades, para conseguir el bienestar propio y de las personas cercanas. Quise, como muchos, dar sentido a mis exploraciones intelectuales sobre el significado de mis experiencias. Traté de descifrar un sentido de mi historia que encajara con el modelo de un mundo superior. Aprendí, con la experiencia y el estudio, que vivimos en una ilusión neurológica que separa nuestro cuerpo de nuestros pensamientos. Descubrí el poder de silenciarse para observar la naturaleza de los pensamientos, entender las emociones, enfocar la atención y aislarse del ruido interior para profundizar en el origen de las dudas, las autocríticas, los miedos o las ideas automáticas y recurrentes. Creo que, por momentos, he logrado entender lo que me hace sufrir rompiendo el reflejo, centrando la atención en la respiración y en la observación del presente hasta ser capaz, incluso, de perder la sensación del yo como algo positivo, sintiendo temporalmente la libertad en este mundo tan lleno de pasado y de futuro.  Conquistar el presente con aceptación y placer ha resultado un propósito constante del que todavía me siento beneficiario y eterno buscador.

Surgieron pequeñas frustraciones al principio que luego, gradualmente, cambiaron mi perspectiva de lo que funcionaba y lo que no. Tenía dificultades para asimilar los relatos que justificaban mis prácticas. Esas prácticas estaban tejidas de cosmogonías, mitos sobre el origen del mundo, la razón de la vida, el significado de la conciencia como algo universal o como producto de una voluntad que no tenía gobierno. Creí, más allá de lo razonable, en el poder transformador de esas prácticas pero empecé a detectar la fractura entre la vida y aquellos relatos.

Las historias de las fuentes del bienestar nombradas como deidades o personas, burocracias espirituales y símbolos de dioses, ángeles y demonios que pueblan el universo, son el territorio común de las creencias y las supersticiones. Tratar de explicar con el mito todo, desde el origen y la estructura del universo, las leyes de la física, la evolución de la vida, o el destino de la conciencia después de la muerte o más allá de nuestro cuerpo, es corriente en los sistemas de creencias subordinados a voluntades terrenales o superiores. Son maneras muy eficientes de simplificar la realidad. Los relatos, que funcionan como historias, son muchas veces más convincentes que los hechos. Por eso, los relatos que modelaron el mundo durante siglos se toparon con grandes obstáculos al llegar el pensamiento ilustrado y el conocimiento científico. Por creer más en historias que en datos, los nuevos relatos se construyen de manera semejante a los de las religiones tradicionales, pero conectando sus términos con los hallazgos recientes. Basta observar cómo las redes sociales han hiperpoblado la imaginación de miles de personas a partir de la aplicación efectiva de las ciencias del comportamiento con ficciones que procuran responder a intereses políticos, económicos y religiosos.

Estos relatos no son ingenuos. Se han gestado en todas las religiones y son contemporáneos de los nuevos emprendimientos espirituales que hibridan la cultura global y digitalizada con las conquistas científicas actuales. Son relatos hechos a imagen y semejanza nuestra porque somos personas que quieren controlar el mundo y tranquilizar nuestro primitivo miedo a la incertidumbre.

Con el tiempo descubrí que esos relatos son falibles, manipulados y que encierran propósitos más amplios que los de ofrecer una experiencia espiritual. La dedicación y los años me devolvieron a lo que hoy considero una vida espiritual sin religión, con no pocos vacíos y vulnerabilidades. La relación de prácticas espirituales con dogmas puede producir una errada moralidad, que va en contravía del sufrimiento humano y de las acciones para sanarlo, imponiendo límites o prohibiciones como la de impedir el uso de preservativos, la donación de sangre y órganos, el reconocimiento de relaciones homosexuales, la investigación en células madre, el aborto o la aplicación de vacunas, entre muchos otros asuntos. En general, casi ninguna fe consiguió bajo sus dogmas las libertades civiles, las conquistas sociales o los logros científicos y tecnológicos que hoy gozamos. Ni eliminar la esclavitud, ni alcanzar la equidad de derechos entre las personas, ni reconocer la diversidad sexual, ni aceptar el inmenso espectro étnico, ni abolir la discriminación en cualquiera de sus formas fueron el resultado de una tradición religiosa. Por el contrario, estas conquistas fueron movilizaciones civiles o intelectuales de numerosos grupos de personas que, desde su afectación, encontraron necesario rebelarse para llevar una vida más digna y coherente con los valores y las demandas del mundo actual. En general, la historia de las creencias se ha basado en tener en el relato una misma respuesta a todas las preguntas; ese ha sido el gran escudo para un status quo incuestionable. Los relatos deben ser cuestionados. Uno de los grandes impedimentos para construir una civilización global es el rechazo a reconsiderar los relatos y las respuestas
a la realidad.

Las sociedades actuales deben estar basadas en la comprensión de la diversidad, en garantizar que sea posible pensar distinto, al contrario de creer que se está por encima de todos y que se precisa de una depuración moral de los que no lo acepten.

Es posible tener un sentido de trascendencia más allá de las religiones. Es posible ser crítico, como con todo el conocimiento, con las versiones idealizadas del pensamiento occidental, oriental, o ancestral americano, a los que muchos se entregan desesperadamente para dar sentido a la vida.

Creo que la espiritualidad debe ser contrastada con la religión y con el pensamiento mítico. Gente de múltiples religiones o prácticas, gente sin ninguna religión ha vivido prácticas positivas, independientemente de los relatos que las amparan. La rúbrica divina o mística no ha sido necesaria para tener estas experiencias; por tanto, es irrelevante su existencia.

Los estados mentales que se pueden alcanzar por diferentes métodos no son propiedad del camino que se elige y menos del relato al que está presuntamente subordinado. El amor que trasciende el yo, el éxtasis, la iluminación interior, la pérdida de los límites de la existencia y la conexión con el universo, no son experiencias que validen solo las creencias tradicionales; están en el origen de nuestro cerebro y es posible sacarles provecho, para una vida mejor, sin etiquetas. La felicidad y la sabiduría se pueden alcanzar sin recetas y son tónicos frente al dolor inevitable, el sufrimiento y la muerte. Las experiencias trascendentes que en muchos casos constituyen momentos determinantes en la vida se pueden entender desde las neurociencias y otros campos relacionados. Los estados mentales alterados que proveen de epifanías a la vida suelen entenderse, en mi opinión, de manera equivocada desde la óptica de doctrinas religiosas. Muchas de ellas son contradictorias en sus reglas, creencias y mitos.

Opino que deberíamos poder hablar de experiencias espirituales transformadoras y libres de creencias. Con esto no se niegan la legitimidad ni el rol de muchas religiones para atender las urgencias de lo humano con compasión y para procurar una vida más digna y en función del bien común, pero el altruismo tampoco tiene título de propiedad y puede ser llevado a la práctica por cualquiera.

La superioridad moral no debe entonces atribuirse de modo exclusivo a quien practique una búsqueda espiritual determinada. La creencia de ser puros buscando a los menos puros para
depurarlos resulta siempre nociva. Los principios rectores de la moralidad, el entendimiento de la consciencia o el significado de la trascendencia no deben ser catálogos venidos del cielo,
sino el resultado del aprendizaje colectivo para que todos podamos acceder a una vida mejor. Se puede separar lo luminoso y espiritual de lo supersticioso y entender que la experiencia individual no requiere de una voluntad superior. No hay, tampoco, un propósito en el universo para que haya vida, y afirmarlo no nos hace faltos de valores. Pensar que tal vez estamos solos y que vivimos en un lugar excepcional basta para apreciar la vida y sentir que vale la pena. Puede que la experiencia y la ciencia nos ayuden a conquistar un bienestar razonable sin aclarar los misterios fundamentales de la existencia. Quizás muchas de las revelaciones sobre la vida deben ser descubiertas, exclusivamente, en nuestra conciencia.

¿Qué piensas que sucedería en tu entorno si decides cambiar de creencias?

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Por: Andrés Roldán Director del Parque Explora Las religiones y las corrientes espirituales han ofrecido al mismo tiempo un relato y un sistema de...
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