“La mayor recompensa es tenerlos”

Todos los días, Flor y Janete realizan los ejercicios de terapia juntas. Ellas saben que la paciencia y la constancia son la clave para la recuperación.
El cuidado fortalece lazos de fraternidad, crea redes de personas y une dichas, dolores y causas. Homenaje a los cuidadores de personas con discapacidad.

Cuidar, según la Real Academia Española, proviene de la Lengua del español antiguo coidar, esta a su vez del latín cogitāre, que significa “pensar”. Para Janete Villa Villada, simplemente representa dos palabras: entrega total.

Con 44 años y casada hace 22 con Albeiro, Janete cambió el rol con su mamá Flor María, de 77 años —una mujer que siempre se dedicó al hogar y a la crianza de sus hijas—, para ser ahora la persona que la acompaña, la asiste y la cuida: “Pasa uno de ser el hijo a ser como el papá, porque yo tengo que estar muy pendiente y al tanto de todo”. Especialmente luego de que Flor sufrió una caída hace dos años que le produjo una fractura de un brazo.

“Con la caída se dio también un golpe en la cabeza, estuvo hospitalizada veinte días. La recuperación y las terapias son dolorosas. También sufre del túnel carpiano, no puede hacer las tareas de la casa, y yo soy la que se encarga de todo”, cuenta Janete.

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Ella siempre ha tenido vocación para servir, por eso acudió a Comfama por recomendación de un amigo y se inscribió en el programa Cuidadores. Allí realizó tres cursos, el primero de cuidador básico, el segundo fue cuidado al adulto mayor, y el tercero, cuidador de paciente en cama.

Pero más allá de las técnicas, que han sido muy útiles para ella, lo más importante es lo que ha podido conocer acerca de las personas y de sí misma. “Uno no entiende todas las etapas por las que tiene que pasar un ser humano y para esta labor hay que aprender a entender al otro”, dice.

La familia Villa Villada se preparó para afrontar el futuro, pensando en su cuidado y en la preservación de su salud.

Para Flor, lo más duro ha sido tener que quedarse quieta “a la verrionda”, como ella lo dice, pues siempre estuvo acostumbrada a hacerlo todo. Y aunque extraña la falta de autonomía, sabe que su hija piensa solo en su bienestar.

Hoy, esta familia está más unida que nunca. Janete y su esposo, que viven en el primer piso, comparten con Flor y Diego, de 82 años, sus miedos, sus alegrías, su cotidianidad.

Ellos son dueños de su futuro porque se han adaptado a las situaciones que han llegado, han podido aprender de esas adversidades, y siguen el camino enfocados y con entusiasmo. “La vida es la vida y uno sigue”, insiste Janete, quien reconoce que hay que tener mucha paciencia, pero “la mayor recompensa es tenerlos”.

 

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