Confiar la vida a los saberes del otro

Exhalar, cerrar los ojos y entregarse a los saberes de un equipo de médicos es una decisión valiente en doble vía. Esta es la historia de Luz Estella, una mujer que eligió la esperanza y la sanación, aunque eso implicara entrar al quirófano con el 50 % de probabilidad de sobrevivir.

 

«Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad», decía el astrofísico, cosmólogo y divulgador científico Carl Sagan. En agosto de 2009, desde una de las salas de cirugía del Hospital Manuel Uribe Ángel, Luz Estella Zuluaga, aunque con palabras distintas, le declaró lo mismo al universo: «tengo dos opciones, entregarme al dolor o a la esperanza. Elijo la segunda».

No recuerda muy bien cómo llegó hasta allí. Su memoria guarda algunas imágenes que, como relámpagos, se iluminan fugazmente. Tiene claro que días antes disfrutaba junto a su familia el desfile de autos antiguos desde su hogar, en Envigado. Fue entonces cuando comenzó a sentir punzadas caminándole por la boca del estómago, el pecho y la espalda.

Recibió paños de agua tibia y comida suave pensando que era gastritis, hasta que, a la hora de dormir, todo se desvaneció. Lo último que recuerda es su reflejo en el espejo mientras retiraba sus aretes.

Mediante los recuerdos de su esposo e hijos reconstruye lo que sucedió: «¡Juan David, llame a los bomberos! Se nos está yendo, se nos está yendo su mamá», le gritaba Norberto, cónyuge de Luz Estella, al menor, mientras le practicaba masajes de reanimación como los de las películas.

Aunque ella se mantuvo inconsciente, sus hijos conservan en sus muñecas cicatrices de lo fuerte que su madre los apretó camino a la clínica. «Yo ni me daba cuenta de que los estaba arañando, seguramente fue mi forma de luchar, de mantenerme con ellos», cuenta.

Todo fue negro durante 72 horas, hasta que abrió los ojos y vio a cinco doctores en círculo mirándola fijamente. Uno de ellos, que tenía «unas gafas muy grandes», le advirtió con claridad: «doña Luz, usted tiene 58 años y es diabética, pero para poder seguir viviendo necesitamos hacerle un procedimiento delicado. ¿Nos autoriza?». Ese fue el instante en el que debió elegir entre la posibilidad de vivir o la seguridad de morir; ella optó por confiar en esos médicos que le hablaban: escogió la esperanza.

«Se va a estar quietecita, pero despierta. Este es un cateterismo y necesito que lo dé todo porque aquí o se nos va o se nos queda», escuchó de otro médico. Ella, confundida, exhaló y pensó: «mi Dios va a usar sus manos».

Luego de 14 días en la UCI, Luz Estella pudo volver a su casa. Su familia celebró su recuperación y, siempre puntual, la acompañó a sus revisiones cada tres meses. En una de esas consultas, le confesó a la cardióloga que la invadía una fatiga inexplicable cada mañana tras salir de la ducha. La doctora le formuló una prueba de esfuerzo y no la resistió. Llorando, Luz Estella volvió a la clínica. El veredicto: un segundo cateterismo debía ser practicado. Luz regresó al quirófano. Esta vez todo fue distinto.

«¿Qué hacemos? A esta señora hay que operarla inmediatamente del corazón, está muy taponada», «¿sí será lo mejor teniendo en cuenta las preexistencias?, «es la única opción que nos queda». Atenta, escuchó al personal de la salud discutir desde su humanidad y sobre cuál era el mejor camino para salvar su vida.

Reconoció que, sin importar la determinación, confiaba en que eran ellos y ellas quienes tenían los saberes y las herramientas para tomar la decisión adecuada. «Yo no sé de corazones ni de arterias, ustedes son los que saben. Decidan lo mejor y háganlo con fe, ¿sí?», les pidió Luz y cerró los ojos.

Cuando los abrió, todo había pasado. «Estuve seis horas con mi corazón afuera, puesto en una mesa. Me partieron el esternón, las costillas y hasta quedé con un hueco en el pecho que me sigue doliendo, por eso hasta el sol de hoy nadie me puede abrazar. Pero esos son efectos colaterales, son huellas, ¿qué más abrazo que el de la vida al haberme dado otra oportunidad?».

Han transcurrido casi diez años. Hoy, a sus 67, Luz es consciente de ese acto simple y cotidiano que es confiar. «Yo confié la vida en los médicos, pero ellos también tuvieron fe en mí, en que iba a dejar de fumar y comer tanto chicharrón, en que me iba a conectar más con mi salud». Confiar en el saber del otro es ese ejercicio mutuo que nos sostiene como humanos.

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Podemos confiar… En los saberes y decisiones de los demás. ¿Cómo te puedes sumar?

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