Mi vecino, el Claustro

ilustración de mujer bailando en un techo
Ilustraciones: Diego Alejandro Arboleda.
Por fuera o por dentro, el Claustro Comfama es punto de encuentro, excusa para alimentar el alma, para aprender y para agarrar el mundo con las manos, ahí, en pleno centro de Medellín, el barrio de todos.

Un Claustro que cobija

Su vida siguió el curso natural: nacer, crecer, hacer familia y ver sus hijos hacer la suya propia. ¿Qué sigue? Seguir disfrutándola. Por eso, cada tanto, se hace en plena Plazuela San Ignacio, en una esquina del Claustro Comfama, a vender las flores y plantas que cultiva en lo alto de Altavista, uno de los cinco corregimientos de Medellín.

María Cecilia Casas no llega todos los días allí como lo hicieran los arrieros de antaño luego de caminar horas y horas. Por fortuna, su hermana vive a unas cuadras y cada quince días la visita con sus cargamentos de flores. Una excusa para reencontrarse con la familia, ese lazo que por más que pasen los años sigue pesando, emocionando al corazón.

Pasado el mediodía se sienta en su banquito, a la sombra que le regala el Claustro, junto a una amiga suya que también vende flores, y espera los clientes llegar. En dos semanas no tendrá más qué ofrecer, momento para regresar a su casa, allí donde el vientecito todavía golpea frío, allí donde puede seguir haciendo lo que más le gusta: sembrar.

Un Claustro que acompaña

Si su boca pudiera pronunciar palabra contaría las innumerables historias de las que ha sido testigo desde que lo encargaron de vigilar la Plazuela San Ignacio; pero los muertos son quienes mejor guardan secretos. Su municipio natal está al sur: Envigado. Pero sus restos reposan al norte, en el Museo Cementerio San Pedro.

¿Quién era Marceliano Vélez Barreneche? Mauricio Bejarano no lo sabe, pero tienen algo en común: el político, abogado y militar conservador, quien participó en las guerras civiles del siglo XIX, era un fumador empedernido.

Mauricio quiere dejar ese hábito, por sus hijos, por su salud, y porque su mamá lleva pidiéndoselo más de quince años. Es su nueva promesa: si consigue empleo lo hará. Una vez se esfume el primer cigarrillo del día, entrará a la casa de San Ignacio de Loyola, la Iglesia de San Ignacio, a seguir rezando.

Al terminar, visitará el Claustro Comfama: acaba de enterarse que allí funciona un centro de empleo y que, quizá, podrá reclamar un subsidio por su desempleo. El universo conspira: Mauricio no fumará más al lado de Marceliano, uno de los bustos de la Plazuela San Ignacio.

 

Un Claustro que sorprende

Uno de sus apodos suena a joropo: se llama Joana, pero le encanta agregarle el “Bandolina”. Cada vez que viene a Medellín visita el centro; allí está todo: desde impresiones más baratas para terminar de producir sus calendarios lunares, hasta esa oferta cultural que tantas veces le hace falta en Leticia, Amazonas.

“Esto es gigante”. Su asombro al entrar al Claustro evidenció el descubrimiento de un tesoro. Mientras un grupo de personas recordaba y reflexionaba, por medio del ciclo de cine La viga en el ojo, uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente, la Masacre de Bojayá, ella se reencontraba con la fotografía, gracias a Jairo Osorio y una reproducción y exposición de fotografías históricas y documentales en su honor.

Para su regreso tiene varias citas pendientes con el Claustro. Una de ellas, sentarse a tejer con mujeres que ejercen o ejercieron la prostitución en el sector de La Veracruz, quienes, por medio del taller Tejiendo historias, se abren al diálogo con la ciudad para eliminar prejuicios frente a este oficio.

En su agenda estará también la Tertulia viajera, pues como esa aventurera que es, disfrutará conocer, de primera mano, las experiencias de colombianos que han vivido lejos de estas tierras. Ella, algún día, podrá narrar en pleno Claustro y en primera persona su experiencia en la Amazonía.

¿Qué más le quedó pendiente? Sentarse a leer en la biblioteca, jugarse una partida de ajedrez en el Grand Prix o disfrutar de una de las cosas que más le gusta: la danza. Podrá ser milonga, salsa o lo que esté programado para cuando su regreso a Medellín le permita entrar de nuevo al Claustro, ese espacio que la transporta entre lugares, entre tiempos.

Para el señor que juega ajedrez en la Plazuela o para el joven que hace lo propio con Pokémon Go y encuentra allí un gimnasio. Para la estudiante de idiomas que al terminar clases en la antigua Escuela de Derecho prefiere no irse tan pronto a casa. Para la señora que lleva a su nieta a control a la IPS San Ignacio y quiere pasar la tarde.

Para quien vende minutos o bebidas energizantes a diario en este sector y merece disfrutar de una película. Para quien quiere descubrir el centro o para quien lo conoce como la palma de las manos. Claustro Comfama, el buen vecino de todos.

 

El Claustro Comfama, lugar de origen del
pensamiento antioqueño, la cultura y la
formación, es y será —aún más— el lugar para
el encuentro ciudadano y la convivencia, en el
cual los visitantes disfrutan de una agenda
cultural diversa y permanente, con espacios
para la inspiración, la educación, la reflexión
y la proyección. Creer y crear en el Claustro
seguirá siendo la vocación que invite a visitar
el centro de Medellín, el barrio de todos.

 

La cultura nos une

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Por fuera o por dentro, el Claustro Comfama es punto de encuentro, excusa para alimentar el alma, para aprender y para agarrar el mundo con las manos, ahí, en pleno centro de Medellín, el barrio de todos.
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