Carta a un familiar perdido en un hábito descontrolado

Carta a un familiar perdido en un hábito descontrolado

Relegados a sus propios mundos, nuestros familiares en estados de adicción merecen comprensión y necesitan de nuestra compañía. Abrazar en vez de rechazar. Esa es nuestra invitación en esta carta.

 

Te llama mi memoria, querido primo.

Relegados a sus propios mundos, nuestros familiares en estados de adicción merecen comprensión y necesitan de nuestra compañía. Abrazar en vez de rechazar. Esa es mi invitación con esta carta.

Si es cierto que hay hechos que en nuestra infancia nos marcan para toda la vida, tendré que decir que verte con una botella de pegante entre las manos cortó la mía para siempre. Tenías 10 años y yo ocho. Tus ojos, tan verdes como las coles que sembraba la abuela Berta, ese día estaban rojos como un pimentón y desorbitados como los tomates que salían deformes de la huerta. Esto hace que no me dé hambre, decías.

Comenzaste a drogarte cuando eras un niño y desde entonces no hemos parado de ignorarte. En lugar de unirnos en un abrazo, nos dabas vergüenza. En vez de ayudarte, te escondíamos. Recuerdo cómo fueron esos primeros momentos. Ocurrían cuando mi tía, madre soltera a muy temprana edad, se iba a trabajar en algunas casas para que tú y tu hermano no murieran de hambre. Ese no es barrio para criar a un hijo. No es un entorno sano, le dijeron mil veces; pero, una cosa son las voces y otra la realidad. Las conductas adictivas son independientes de las sustancias que se ingieren. Pasaste por la marihuana, el perico y llegaste al bazuco. En ese estado estuviste por años. ¿Y nosotros? Quienes te vimos crecer y que un día dijimos que te amábamos, negábamos tu existencia. Creo que hay quienes todavía lo hacen.

Cambiamos de milenio. Estados Unidos tuvo el primer presidente negro, Plutón dejó de ser un planeta, nació Facebook y cambiamos dos veces de Papa. Tuvieron que pasar 20 años para volver a mirarte a los ojos sin el desprecio que mamá, sin saberlo, me había contagiado. Fue un domingo marcado por la muerte de la abuela.

Te ofreciste a cuidarla y en medio del cansancio de tres meses de coma, la familia aceptó. Ella murió en tus brazos y entre lágrimas pensé en decirte: «No estás solo». No fue así y aún lo lamento. Ese día volví a sentirte parte de mi infancia.

Días después, con tu voz perdida, me dijiste: «Prima, ¿ya le contaron que me salí del bazuco? Y yo solo». No pregunté mucho ni creí. Tenías razón y a pesar de que todavía consumes otras sustancias, lo lograste.

La nada es algo que no existe cuando de amar se trata. Supe entonces, hace cinco años, que nunca era tarde. He leído sobre la adicción, hablo con desparpajo del tema en casa e incluso he confesado mis acercamientos a la psicodelia. A veces me miran feo; pero, al menos ya no se echan bendiciones y son capaces de rezar en voz alta cuando mencionan tu nombre.

Aún no ingresas a un programa de rehabilitación. Pero, si lees esta carta, quiero decirte que estoy aquí, ya sea en la luz o en la oscuridad. Que aunque no he sido la mejor compañía, porque la vida tampoco es perfecta, mi corazón es un templo en el que puedes entrar… y nuestros lazos, nuestros lazos que de nuevo se construyen, las cuerdas que sostienen sus campanas.

Perla.

Dice la ciencia

El proceso de cambio de hábitos inicia con la consciencia. Hay que saber del hábito para poder cambiarlo.

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