Una biblioteca en llamas

Desde la Biblioteca Comfama nos comparten un apasionante relato donde los libros y la juventud se conjugan en una sola palabra: identidad.

Ver una biblioteca en llamas debe ser una de las imágenes más sobrecogedoras para los amantes de los libros. No escasean en la historia los incendios que han devorado millones de páginas, pero uno de los más impresionantes fue el de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, en 1986. Durante siete horas, el edificio de hormigón en el centro de la ciudad abrigó en su interior un infierno de llamas que consumió más de un millón de libros. En Los Ángeles, la población entera estuvo en vilo.

Casi todo el cuerpo de bomberos participó en el intento de sofocar el fuego y, alrededor de la biblioteca, una muchedumbre conformada por curiosos, voluntarios y empleados y lectores de la biblioteca que habían evacuado el edificio, observaba con los ojos inundados en lágrimas, cómo el papel de los libros vuelto cenizas era expulsado por las ventanas. En el país la noticia solo se conoció días después, ya que el incendio ocurrió el mismo día del accidente nuclear de Chernóbil.

El escritor Charles Bukowski escribió un hermoso poema sobre el suceso. Lo tituló El incendio de un sueño y en él recuerda cómo esa biblioteca pública le salvó la vida cuando era un joven atormentado y solitario. “Con ella se fue gran parte de mi juventud”, dice uno de los versos.

Con el tono de una elegía, Bukowski cuenta en su poema que deambulaba entre las salas de literatura, filosofía, religión, incluso medicina y geología. En esa biblioteca también decidió ser escritor y se volcó a devorar montones de libros. Sobre el final del poema, Bukowski remata diciendo que “la vieja Biblioteca pública de Los Ángeles / muy probablemente evitó / que me convirtiera en un / suicida, / un ladrón / de bancos, / un tipo que pega a su mujer, / un carnicero o / un motorista de la policía / y, aunque reconozco que / puede que alguno sea estupendo, / gracias / a mi buena suerte / y al camino que tenía que recorrer, / aquella biblioteca estaba / allí cuando yo era / joven y buscaba / algo / a lo que aferrarme”.

Nada explica mejor la conmoción que se apoderó de Los Ángeles en ese año nefasto. La biblioteca y los libros que ofrecían refugio a jóvenes como Bukowski estuvieron a punto de desaparecer.

En el libro La biblioteca en llamas, de la reconocida periodista Susan Orlean, autora de El ladrón de orquídeas, se cuenta con detalle la catástrofe. Sin embargo, Orlean no solamente se enfoca en narrar el avance del fuego a través de las colecciones —libros, revistas, periódicos, microfilmes, colecciones de arte, fotografías, ejemplares incunables— sino que retrata a la biblioteca como un organismo vivo, un lugar con su propia respiración, donde “el tiempo queda contenido en un dique, no para detenerlo, sino para protegerlo (…). Es donde podemos entrever la inmortalidad. En la biblioteca podemos vivir para siempre”.

La biblioteca en llamas
La autora había decidido dejar de escribir libros pero cuando conoció la historia del incendio, en el año 2011, se sorprendió porque no recordaba la noticia del 86 y la conmoción la devolvió a su infancia en Cleveland, cuando su madre la acompañaba a prestar decenas de libros en la biblioteca pública del pueblo. Esas primeras incursiones de juventud también le salvaron la vida a la pequeña Susan y de cierto modo, definieron su destino de periodista y escritora.

Leyendo La biblioteca en llamas recordé las primeras bibliotecas que visité cuando era niño. La primera fue en el barrio Doce de Octubre, de Medellín. Quizás fue una tarde de sábado cuando mi papá me llevó a un pequeño salón con escasas estanterías y pocos libros. Me leyó cuentos clásicos, creo que fue la primera vez que oí hablar de Caperucita Roja y del lobo. Como no pudimos llevarnos el libro a casa, quisimos fotocopiarlo, aunque me parece recordar que el dinero que mi papá llevaba solo le alcanzó para sacarle copia a una página. A mis cuatro años no sabía leer, pero esa hoja con la imagen de un lobo tragándose a una niña se convirtió en un tesoro que perdí días después, pues la tinta no dejaba de desprenderse del papel.

Como nos mudábamos tanto de barrio, me acostumbré averiguar siempre dónde quedaba la biblioteca más cercana. Casi siempre estaban en precarios salones. En Miramar, un barrio en el occidente de la ciudad, era un cuarto estrecho que pertenecía al centro de salud; en el Tricentenario, situado en el nororiente, era un salón amplio, mal iluminado, pero con una impresionante colección de mitología. En estas primeras bibliotecas de la juventud, aprendí a amar los libros y conocí a mis primeros amigos. Una biblioteca es una tabla de náufrago a la que aferrarse; por fortuna, no estamos solos en este naufragio.

Una historia de la lectura

Ahí está el joven Alberto Manguel, por ejemplo, quien a sus 16 años, mientras trabajaba en una librería en Buenos Aires, recibió una oferta de empleo muy particular. Uno de los clientes de la librería, ciego sin remedio, lo contrató como lector personal. Todas las tardes Manguel acudía a la casa del viejo, poseedor de una biblioteca impresionante, y leía los ejemplares que su cliente seleccionaba de memoria. Leyendo la biblioteca personal de Borges, Manguel empezó a convertirse en el bibliófilo erudito a quien le debemos Una historia de la lectura.

Ray Bradbury

También se aferró a la misma tabla el precoz Ray Bradbury, quien quedó a la deriva después de terminar su bachillerato. Eran los años de la gran depresión y su familia no pudo enviarlo a la universidad. Susan Orlean cuenta su historia en La biblioteca en llamas: el autor de Fahrenheit 451 acudió casi todos los días a la Biblioteca Pública de Los Ángeles, la convirtió en su universidad, empezó cuando tenía 14 y salió de allí a los 27: “Estuve en todos los malditos rincones de aquel edificio”, dijo alguna vez. “Leí un centenar de libros. Toda la poesía del mundo. Todas las obras de teatro. Todas las novelas de asesinato y misterio. Todos los ensayos (…) La biblioteca fue mi nido. El lugar donde nací, el lugar donde crecí”.

Es un hecho triste que una biblioteca sea consumida por las llamas, pero por la avidez de lectores como Bradbury, Manguel, Bukowski o Borges; y de lectores como los que todos los días asisten a las bibliotecas públicas del mundo a prestar títulos compulsivamente, quizás arder es un destino ineludible para una biblioteca: algo se enciende cuando uno se encuentra con una biblioteca en la juventud y ya no hay un momento en la vida en que esa luz languidezca.

Por: Diego Agudelo Gómez, consultor Biblioteca Comfama.
Un recomendado inspirado en la más reciente edición de la Revista Comfama

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