Balada de un mapa (sin trazos)

hombre tocando guitarra en medellín
Andy Contreras llegó hace seis meses, toca música romántica. Trabaja para reunir nuevamente a su familia.
Por Ana Cristina Restrepo Jiménez

Año 1994. En un café de la Universidad de Pensilvania (Filadelfia, Estados Unidos), un compañero de clase, venezolano, de 24 años, me dice: “Caracas está rodeada de laderas llenas de ranchos. Cuando esos barrios encuentren un líder: ¡Venezuela se va a acabar!”.

Cuatro años después, Hugo Rafael Chávez Frías es elegido presidente. En 1999, se aprueba la nueva Constitución. Nace la “Revolución Bolivariana”. En 2013, El Tribunal Supremo de Justicia decide que Nicolás Maduro jure como “presidente encargado”. Las urnas lo ratifican.

Hoy sigue siendo el anfitrión del Palacio de Miraflores.

Año 2018. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados sostiene que 2,3 millones de venezolanos residen en el extranjero y más de 1,6 millones ha partido desde 2015. El Consejo Noruego para los Refugiados y organizaciones civiles venezolanas estiman que cuatro millones de ciudadanos le han dicho adiós a su país. No es descabellado relacionar esta coyuntura con el éxodo europeo después de la Segunda Guerra Mundial, con los desplazamientos masivos en África y Medio Oriente.

The Washington Post asegura que la crisis migratoria está reconfigurando a América Latina. Perú, Colombia, Brasil y Chile son, en su orden, los países que reciben más refugiados venezolanos.

Por impericia en la administración pública, corrupción, derroche o fracaso de un modelo económico: la “Revolución Bolivariana” carece de poder financiero. Literalmente: se le acabó la gasolina.

El FMI calcula que este año la inflación cerrará por encima de 1’000.000% (la tormenta perfecta para las mafias del dinero en efectivo).

En un lapso de cuatro años, aproximadamente uno de cada diez venezolanos habrá dejado su país.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.
(Eugenio Montejo. Caracas,1938 – Valencia, 2008).

Zoreudis e Ismelda, dos mujeres, dos nacionalidades, una sonrisa.

“Simón Bolívar nació en Caracas, en un potrero de siete vacas: unas gordas, otras flacas, otras llenas de garrapatas”, desde la niñez tenemos a Venezuela en los labios. El concepto de frontera parecía irrelevante cuando la profesora narraba con vehemencia la gesta libertadora en el Páramo de Pisba. De aquel ejército, que Francisco de Paula Santander llamara “un cuerpo moribundo”, se tiene una certeza: ¡ser patriota era la identidad unificadora de los soldados!

Si “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos, engrosaba la lista de lecturas escolares al lado de “La Vorágine”; en casa, esperaban las telenovelas, desde “Topacio” y “Cristal” hasta el despropósito de “Leonela”, la mujer que se enamoró de su violador, del “ladrón de tu amor”.

En buena medida, la educación sentimental de un par de generaciones de colombianos está marcada por las canciones de María Conchita Alonso (cubana nacionalizada en Venezuela), Franco De Vita y Ricardo Montaner, por mencionar solo unos pocos. No hay que ser llanero para haber entonado alguna vez la letra eterna de Simón Díaz: “Cuando el amor llega así de esta manera, uno no tiene la culpa…”.

¿De cuándo acá este “vaivén”?

A partir de los años cincuenta y sesenta, miles de colombianos partieron hacia Venezuela. La gran ola migratoria se presentó en los setenta, como consecuencia del “boom petrolero” que trajo consigo un incremento del ingreso per cápita, el mejoramiento del nivel de vida.

Antonio de Lisio, profesor de la Universidad Central de Venezuela, habló con El Tiempo sobre el impacto de la migración colombiana en la economía vecina: “Desde todos los puntos de vista, positivo. El colombiano garantizó una mano de obra para muchos oficios que en Venezuela o no se querían ejercer o no se tenía el conocimiento. En los años ochenta se empezó a dar el flujo de profesionales colombianos que hicieron vida en Venezuela”.

El calvario que hoy viven millones se resiste al raciocinio académico…

Antes de trepar el temido Páramo de Berlín, con temperaturas bajo cero, Jorge Luis Castillo, migrante venezolano, le dijo a la Revista Semana: “El tiempo de Dios es perfecto. Él pasó cuarenta días caminando sin comida, sin agua. Pero sabemos que nos ayuda: nosotros también podemos”…

Pero en mi lenta marcha
escarchada por el aire fiero
aún tengo deseos de besar la tierra
y untar mis lágrimas de luz fogata
de luz ceniza y piedra del día de llevar mis pasos al mar
que lava todo engaño y toda manía triste.
Teófilo Tortolero (Valencia, 1936- Nirgua, 1990)

Alirio y Jaime comparten y se ponen
a prueba en la Plazuela San Ignacio.

A diferencia de los países europeos que vienen recibiendo refugiados sirios, en Latinoamérica los recursos escasean.

La xenofobia asoma cuando la situación toca directamente a la ciudadanía, cuando la mano de obra barata estimula el desempleo local y exacerba la explotación laboral del extranjero. La migración desbordada y la carencia de políticas migratorias claras, impiden ver la riqueza que subyace en la construcción colectiva desde la diversidad (bastaría con citar el caso de ciudades como Nueva York).

En Ecuador, Lenin Moreno anunció que pediría pasaportes a los migrantes pero un tribunal anuló la medida. En Pacaraima, Brasil, el asesinato de un comerciante a manos de venezolanos desencadenó ataques a campamentos de refugiados. Gabriela Wiener advirtió en El País sobre las crecientes muestras de xenofobia en Perú, a pesar de su tradición emigrante: a los recién llegados los denominan “hambrezolanos”.

Una frontera terrestre de 2.219 kilómetros nos separa de Venezuela.

Para establecer la cifra de personas que han ingresado de forma irregular a Colombia, el Gobierno creó el Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos. Otra medida es la Tarjeta de Movilidad Fronteriza para controlar las entradas y salidas por la frontera.

El canciller Carlos Holmes Trujillo anunció un plan de coordinación regional. A grandes rasgos, sigue algunos parámetros del gobierno anterior, como motivar a la ONU a tomar partido (el Secretario General António Guterres se rehúsa a intervenir).

“Se necesitan canales para atender la agenda binacional de tú a tú, y en forma paralela participar en instancias multilaterales para acompañar los esfuerzos por redemocratizar a Venezuela”, recomienda el político y economista Rafael Pardo.

Mientras tanto, algunos voluntarios entregan tiempo, raciones de alimentos y dinero a los desplazados. La Cruz Roja tiene algunos puestos de atención. Los gremios colombianos, el sector privado, todavía no se manifiestan con contundencia.

En la actualidad, el buque hospital norteamericano USNS Comfort (mil camas, doce quirófanos, servicios radiológicos y helipuerto) recluta médicos voluntarios para trabajar en Riohacha del 5 al 11 de octubre; y en el Golfo de Urabá del 13 al 19 de noviembre.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día… un día…
en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables…
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
(Porfirio Barba Jacob. Santa Rosa de osos,
1883-Ciudad de México, 1942)

Nunca volví a saber nada de aquel “profeta” venezolano del café universitario. Cuando oía mi acento, solía bromear: “Cada vez que hablas, siento que viene un buen plato de comida”. Durante más de dos décadas, todas las cocineras en su casa habían sido colombianas.

Esto no es algo temporal. Si Maduro cayera mañana, los desplazados venezolanos no regresarían de inmediato a sus casas. Hay raíces carcomidas, vínculos rotos, tejidos desechos.

¿Fue la corrupción estatal, en especial durante la época de Carlos Andrés Pérez, o las profundas desigualdades sociales el germen de la “Revolución Bolivariana”? La gran Historia juzgará a los responsables de esta catástrofe humanitaria.

Al margen de las agendas de acción global y nacional frente a la migración de venezolanos, nos queda el pedazo de historia que podemos escribir como individuos. Curar raíces. Crear nuevos vínculos. Recuperar tejidos.

Imaginar que los trazos del mapa no existen. No es tan difícil… al fin y al cabo son producto de la imaginación.

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Por Ana Cristina Restrepo Jiménez
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